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LA CARTA APOSTÓLICA PORTA FIDEI, SOBRE EL AÑO DE LA FE.


Por: Mons. Oscar Mario Brown J.
Obispo de Santiago de Veraguas


  Para conmemorar el 50º aniversario del Concilio Vaticano II y los 20 años del catecismo de la Iglesia Católica el Papa ha convocado un año de la Fe, desde el 11 de octubre, del corriente, hasta el 24 de noviembre de 2013. Su fundamentación teológica se encuentra en la Carta apostólica Porta Fidei, que ahora presentamos.

    1. La Fe, puerta y camino de vita eterna.

    La Palabra de Dios anuncia que Dios es una comunión de personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que se definen por la relación que hay entre ellas, y que nos invita a integrarnos en esta comunión, mediante el envío del Hijo, como revelador y redentor, y el Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Para aceptar la invitación, debemos creer en Dios, comunión de amor, y creerle a Dios, que no nos puede engañar. Esta fe es fruto de una escucha, que nos llama a la fe y a la conversión, y produce alegría, la alegría del evangelizado, que, sin embargo, resulta incompleta, si no desemboca en la misión: ¡El evangelizado debe convertirse en evangelizador! (cf VD2 y I Jn 1:1-4).


    Esta fe es un don de Dios, que se transmite por mediación de la Iglesia, que anuncia el Evangelio, y en los sacramentos de iniciación hace posible el encuentro y la comunión con Jesucristo vivo, y nos inicia en un camino vitalicio de fe y conversión. Por eso, la fe de la Iglesia en Cristo, muerto y resucitado, es puerta y camino de vida eterna.


    El Papa recuerda que urge redescubrir este carácter de la fe como camino para que brille con mayor esplendor la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Jesucristo vivo. Y cita una paradoja: Con frecuencia, los cristianos nos preocupamos de las consecuencias sociales, culturales y políticas de nuestro compromiso, olvidando que este es consecuencia de nuestra fe, que simplemente damos por presupuesta en la vida común. Sin embargo, no siempre se admite el presupuesto, y, a veces, se niega. Es necesario redescubrir “el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son discípulos (cf Jn 6:51).


    2. El Año de la Fe.


    El inicio de este año de la fe en octubre de 2012, en coincidencia con el Sínodo sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana es ocasión tempestiva para introducir a toda la Iglesia en un período especial de reflexión y descubrimiento de la fe.


    El Siervo de Dios, Pablo VI, al proclamar un Año de la Fe en 1967, lo hizo para llevar a la Iglesia a “una auténtica y sincera profesión de la misma fe”. La Profesión de fe del Pueblo de Dios, con que concluyó este Año Santo, hizo patente que los contenidos esenciales del patrimonio de los creyentes deben ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, “con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones distintas a las del pasado”.


    A los cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, el Año de la Fe es ocasión oportuna para entender que los textos conciliares tienen plena vigencia y vigor. Importa leerlos iluminados por una hermenéutica correcta para experimentar su profunda capacidad para renovar la Iglesia.


    Esta renovación también exige el testimonio de vida de los cristianos. Fortalecida por el señor resucitado, la Iglesia puede “superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades,… y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz”. Por este motivo, el Año de la fe nos exhorta a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. La vida nueva recibida en la fuente bautismal, por la fe, impregna toda la existencia humana con la novedad radical de la resurrección. La “fe que actúa por el amor” (Ga 5:6) es el nuevo criterio de pensamiento y acción que transforma toda la vida del hombre.


    3. El amor de Cristo, motor de toda evangelización


    El amor de Cristo, que nos alegra uniéndonos con el Padre por el Espíritu, nos impulsa a evangelizar, para que nuestra alegría sea completa (cf I Jn). La nueva evangelización es camino para redescubrir la alegría de creer y el entusiasmo de comunicar la fe. “La fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo. Todo creyente tiene el compromiso de redescubrir los contenidos de la fe… y reflexionar sobre el mismo acto de fe”.


    4. La fe, don de Dios y respuesta humana.


    El Papa afirma que “existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento”. En efecto, los artículos del credo nos describen el actuar de Dios en nuestro favor en la Revelación. Por la fe, creemos en ese actuar que nos sana del pecado y nos eleva a la condición de hijos. Esta fe es respuesta a la revelación, y tiene su origen en la misma fuente: Dios, que nos habla en el corazón y nos impulsa a responderle públicamente. “La fe siempre implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado… La fe… porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree”. (Rom 10:9-10; Hch 16:14). Por otra parte, no podemos desconocer que hay muchos que, sin reconocer en sí el don de la fe, buscan sinceramente “el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y el mundo. Esta búsqueda es un auténtico “preámbulo” de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios”.


    En el Catecismo de la Iglesia Católica se muestra la íntima conexión que se da entre profesión de fe, liturgia y vida moral. “Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos”.

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